Higini Moré

Una reflexión sobre la creación de contenido

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Crear contenido en la era digital puede sentirse como estar en una carrera contrarreloj. La presión para mantenerse relevante, hacer crecer las métricas y la sensación de estar compitiendo en un campo donde cada vez hay más personas pueden hacer que un acto de expresión se convierta en una fuente inagotable de estrés.

Veo a muchos creadores que optan por perseguir tendencias, fusilar lo que a otros creadores les funciona y limitarse a publicar versiones recicladas de contenido ya existente. Entiendo la lógica detrás de esto. En teoría, tiene sentido capitalizar lo que ya ha demostrado ser exitoso, pero cuando veo este tipo de contenido, me genera cierto malestar. Para mí, hay algo fundamentalmente insatisfactorio en esa forma de creación de contenido: te conviertes en un churrero más, limitando el alcance de tu creatividad.

Elegir el otro camino

Reflexionando sobre mis emociones y reacciones hacia cierto tipo de contenido, me doy cuenta de que quiero desmarcarme de lo que funciona “mejor” e intentar ser lo más orgánico posible. Escapando de la lógica convencional, voy a optar por seguir el camino de priorizar la satisfacción personal, produciendo contenido que no está necesariamente diseñado para ser mainstream, pero que me llena hacerlo. Si he de ponerme a crear contenido basado en el rendimiento, paso.

Cuando lo que te nace, no es convencional

Algo que me han dicho siempre es que soy bastante apañado e ingenioso, con lo que tengo me apaño, no necesito mucho para solucionar mis problemas. De vez en cuando, me sorprendo a mí mismo soñando despierto, en cómo sobreviviría en una isla desierta, cuáles serían mis inventos, cómo me iría adaptando a la escasez.

Una vez, para un trabajo de clase, nos juntamos en el parque para grabar un video que contara la historia de una canción que nos asignaron, creo que fue un réquiem. Me tocó hacer de cura y en un momento, fabriqué una cruz con dos palos que uní usando agujas de pino — que no es mucho, pero es algo.

Y es que en un mundo tan sobrado de opciones, esta habilidad de encontrar soluciones en la escasez (y a menudo soluciones bastante raras) queda un poco ensombrecida.

El tema es que las soluciones con las que doy a menudo son poco ortodoxas o no están alienadas con lo que haría la mayoría. De ahí a que muchas veces siento que mis amigos no me toman en serio o que me cuesta explicar mis ocurrencias.

El camino hacia la autenticidad es el primero que elegimos, pero se vuelve borroso cuando miramos más hacia afuera que hacia adentro, cuando la balanza se inclina más por factores externos.

Como decía, lo que encuentro dentro de mi son a menudo ideas y conceptos extravagantes y extraños. Para ilustrar este punto, voy a compartir una historia de cuando tenía unos 8 años.

En tercero de primaria, en clase de plástica, se nos dio una hoja con un paisaje impreso. La tarea consistía en rellenarlo pintando punto por punto. La mayoría de mis compañeros optaron por la ruta más evidente — supongo —, pintando cada área de un solo color. Yo, en cambio, decidí desviarme del camino convencional e intenté crear degradados dentro de cada área, punto a punto.

Recibí algunas burlas por ese venazo creativo. A pesar de que en mi mente yo lo imaginaba como una obra maestra, la realidad fue un desastre. La profesora, en un intento por salvar mi dignidad, me ofreció una nueva hoja, pero resistí. A pesar de que no resultó como lo había previsto, en retrospectiva, fue una de las primeras veces que recuerdo que mi instinto me aleja de lo convencional.

La trampa de lo sistemático

Entiendo que compartir contenido interesante puede ser valioso para la comunidad de uno. No obstante, cuando se convierte en un acto sistemático y constante, pierde su encanto y significado. Veo con escepticismo a las marcas personales que, en su intento de mantener una constancia, comparten contenido que ha sido reciclado hasta la saciedad. Esta práctica parece más un intento de autopreservación que un verdadero esfuerzo por aportar valor.

Esta gráfica la he visto compartida muchas veces por diferentes “creadores” y es cíclica, cada X tiempo, va apareciendo de nuevo.

En un contexto diferente, pero con el mismo problema de fondo, tenemos lo que está sucediendo en LinkedIn con los mensajes aparentemente personalizados.

Quieren aparentar una conexión genuina cuando en realidad, lo único que existe es una maquinaria automatizada, sistemas que sus creadores elogian con orgullo, fanfarroneando de su capacidad de generar un sinfín de leads semanales… ¡Vaya sorpresa! Si me lanzo a la pesca con red de arrastre, evidentemente capturaré más peces que con una caña, pero con dicha técnica me cargo el ecosistema en el proceso.

LinkedIn se ha vuelto para mí un sitio un tanto aburrido, con contenido repetido y spam a diario. Aun así, me veo obligado a usarlo para permanecer en el “mundo profesional” y cultivar mi marca personal.

El valor de la originalidad

Me siento atraído por los creadores de contenido que intentan diferenciarse. Aquellos que logran crear algo inusual, algo que se desvía de lo convencional. Lamentablemente, la originalidad a menudo es devorada por los imitadores.

Soy consciente de que el camino hacia la originalidad y la creatividad puede ser más lento y menos evidente en términos de crecimiento. Pero es un camino que me siento orgulloso de elegir. O quizás es la justificación que me doy por no ser constante creando impactos en el ciberespacio, pero… ¿Es la constancia en la creación de contenido una métrica que quiero usar para medir qué tan bien lo hago? ¿Es que tengo que ser una máquina de crear contenido? Supongo que la constancia es un anhelo para muchos y una forma fácil de adquirirla es yendo por la vía del reciclado para esa autopreservación. Ser constante con contenido original e inspirador es otra película.

Este es un ejemplo de contenido que disfruté mucho haciendo, simplemente para explicar que me había hecho con la copia física de un libro que hacía tiempo que quería.

Sumergiéndome en las ideas de Naval Ravikant, descubro un faro de luz. En su discurso, menciona a Peter Thiel, quien reflexiona sobre la inutilidad de la competencia y su absurdidad. Somos seres de naturaleza mimética; copiamos lo que todos los demás hacen a nuestro alrededor. Derivamos nuestros deseos de ellos. Si todos a mi alrededor son artistas, yo quiero ser artista. O en el caso que nos ocupa, si todos los creadores de contenido te dicen que copies el contenido que les ha funcionado bien a otros creadores de tu mismo nicho, pues lo haces porque es lo que hacen todos. De ahí se alimenta nuestra autoestima. Estos juegos de estatus y de ego te atrapan y te hacen competir por cosas que realmente no quieres.

A veces nos encontramos prisioneros de un juego equivocado, porque estamos compitiendo. La mejor forma de huir de la competencia, de despegarte de su sombra, es siendo auténtico contigo mismo. Si lo que estás construyendo es simplemente un reflejo de quién eres, nadie puede competir contigo en eso.

No implica necesariamente que desees ser auténtico hasta el punto en que nadie consuma tu contenido. Habría que adaptarnos de algún modo hasta encontrar el equilibrio entre lo que ofreces y la audiencia, pero al menos apuntar hacia la autenticidad para distanciarnos de la competencia, porque la competencia automáticamente conduce a imitar.

La búsqueda de la novedad

Quizás lo que realmente busco no es tanto la originalidad, sino aportar cierta novedad en mi entorno. No estoy en contra de tomar ideas de otros creadores de otros idiomas o sectores si pueden aportar algo nuevo a mi “ensalada creativa”. Pero siempre es mi ensalada y no de la nevera de la tienda de la esquina. Así que no, no me interesa convertirme en una fotocopiadora de tendencias, o un fusilador de ideas, ni mucho menos un churrero de contenido.

Esta es mi reflexión. Mi intención no es condenar o juzgar a aquellos que optan por el camino que yo personalmente no acabo de ver. Cada creador de contenido tiene que encontrar el suyo, uno que resuene con sus más profundas convicciones y aspiraciones.

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